Si el primer semestre de 2025 se vivió la euforia de ver gráficas subir, en el segundo llegó la resaca. Pero no de esa que te deja inútil en el sofá, sino de la que te provoca una lucidez repentina, y algo dolorosa, que te hace ver la realidad con una claridad brutal. Se acabaron las celebraciones; ahora toca barrer el confeti y ponerse a trabajar.
Durante meses, impulsada por el FOMO, la pregunta en muchos despachos era: «¿Es esto una burbuja?». Y en la segunda mitad del año, estas mismas empresas dejaron de hacerse preguntas retóricas para ser pragmáticas: «Es inevitable, así que veamos cómo narices le sacamos rentabilidad a esto antes de que nos coma la competencia».
La OCDE soltó la bomba en diciembre y pocos leyeron la letra pequeña entre tanto ruido negativo mediático: sin la importante inversión en IA, la economía estadounidense se habría contraído un 0,1% en el primer semestre. Es decir: la IA ha dejado de ser un experimento innovador para convertirse en muro de carga que evita que el techo se nos caiga encima.
Y eso, amigos, significa que la inversión no se va a detener, por mucho que Goldman Sachs nos recuerde los fantasmas de las puntocom, y no les falta razón.
La diferencia es que ahora la infraestructura está implantada y funciona, y hay una necesidad real de eficiencia.
La intervención china
Si hay una historia que define estos últimos seis meses y que ha cambiado las reglas del juego, es cómo China apareció y tal cual empezó a ganar por la vía que más duele a Occidente: el precio.
En enero, DeepSeek lanzó un modelo capaz de competir con ChatGPT. ¿Cuál fue su novedad «disruptiva»? Bueno, pues que lo entrenaron por un 95% menos de coste que sus alternativas occidentales (aunque haciendo trampas). La reacción en los despachos de Silicon Valley fue casi de pánico, pero para el resto del mundo (y especialmente para las pymes que mirábamos la factura de las API con miedo) fue una noticia positiva.
Hasta hace 15 minutos, la IA «buena» era algo reservado para grandes corporaciones con buenos presupuestos de I+D. Pero la llegada de DeepSeek, junto con Qwen 2.5-Max de Alibaba y la explosión de modelos de código abierto (que ya representan el 30% del mercado), ha derrumbado la barrera de entrada.
El mercado respondió rápido: la aplicación móvil de DeepSeek superó a ChatGPT como la más descargada en la App Store estadounidense en cuestión de semanas. La cartera nos vuelve pragmáticos.
OpenAI ha pasado de controlar el 50% del mercado empresarial en 2023 al 27% a finales de 2025. ¿Significa que están perdiendo? No, sus ingresos se han disparado hasta los 13.000 millones anuales.
Significa que el pastel ha crecido tanto que ahora hay un trozo para todos.
Aquí es donde entramos nosotros, y donde entras tú: no hace falta ser una multinacional para tener una IA de primer nivel integrada en tus procesos. La ventaja competitiva ya no es tener acceso a la tecnología (está al alcance de un clic); la ventaja real, la que perdura, es saber implementarla para resolver los problemas específicos de tu negocio.
El pastel de la IA es un dulce del que todo el mundo quiere un pedazo
La paradoja del empleo
Las empresas han perdido la vergüenza a la hora de explicar sus reestructuraciones. Se acabó el eufemismo de la «optimización de recursos».
Lufthansa anunció el recorte de 4.000 empleos administrativos antes de 2030 citando explícitamente el uso de la inteligencia artificial. ING hizo lo mismo con 1.000 puestos. En EE.UU., se calcula que sólo en octubre más de 31.000 despidos se justificaron directamente por la automatización (una quinta parte del total de ese mes).
Suena duro. Lo es. Estamos viendo una transformación del mercado laboral en tiempo real. Pero podemos verlo desde la óptica de la transformación real. Hay una evolución importante en la implementación de los sistemas, integrándolos con el legacy (ese software antiguo que nadie quiere tocar pero que sostiene el mundo, que alguien programó en 1986), asegurando que los datos fluyen, manteniendo la maquinaria engrasada.
Mientras el trabajo administrativo sufre y los perfiles junior lo tienen cada vez más difícil para encontrar esa primera oportunidad (la complicación del «primer empleo» es un problema estructural serio), la demanda de expertos en implementación de IA se ha disparado. Goldman Sachs proyecta que la IA afectará al 11% de las plantillas en tres años. Eso son unos cuantos millones de transformaciones empresariales que requieren expertos, consultores y desarrolladores que sepan lo que hacen. La IA no se implanta sola; necesita quien la ponga en pie.
Y aquí vemos la brecha salarial del futuro, que ya es presente: el salario de un Data Scientist senior o un Ingeniero de IA en España prácticamente duplica el de los perfiles técnicos tradicionales (QA, soporte básico, frontend junior), que ven sus salarios estancados.
La factura de la luz
Hay un coste en toda esta revolución que suele ser invisible en los informativos pero preocupante para gobiernos y directores financieros: la electricidad. La nube necesita mucha luz para mantenerse ahí, flotando.
Se calcula que los centros de datos de IA consumirán el 12% de toda la electricidad de EE.UU. para 2028. Es una cifra tremenda. En regiones como Virginia o Texas, los precios de mayoristas de la electricidad han subido un 267% en cinco años debido a la presión de la demanda.
En España, si seguimos este ritmo de adopción de data centers, podrían llegar a comerse el 20% de la energía nacional para 2035.
Es una cuestión de física. No es posible añadir más potencia de cálculo y más GPUs sin consecuencias térmicas y energéticas. Esto ha creado, casi de la noche a la mañana, un nuevo objetivo por pura necesidad: la eficiencia energética en la inteligencia artificial.
Ya no vale con que el modelo funcione o sea «el más listo»; tiene que ser eficiente. Una empresa que logre reducir el consumo de sus procesos de IA un 30% está ahorrando millones. La optimización de código, el uso de modelos pequeños pero específicos (SLM) en lugar de LLMs gigantescos para tareas simples, y las arquitecturas bien diseñadas, son ahora un valor diferencial importante.
No hay energía suficiente para lo que se pretende con la IA.
Quien sepa hacer más con menos energía tendrá el mercado ganado.
La única esperanza de los críticos anti-IA: desenchufarla antes de que salten los plomos
El dinero fluye… hacia arriba
En cuanto a la inversión, los números siguen pareciendo de ciencia ficción. Las startups de IA acapararon el 63% de todo el capital riesgo en 2025: 192.700 millones de dólares. La IA ya recibe más de la mitad del capital riesgo mundial.
Pero cuidado, hay poca democracia aquí. Si indagamos un poco, vemos que el dinero se está concentrando notablemente. Menos fondos levantan más dinero y apuestan por muchas menos empresas. En 2022 había más de 4.000; en 2025, apenas 800 fondos movieron todo el cotarro.
Están apostando a lo seguro, huyendo del riesgo. Y «lo seguro» ya no es la próxima IA generativa que genera vídeos de gatitos. Lo seguro son las empresas que resuelven problemas reales de infraestructura y procesos.
Nvidia sigue vendiendo los picos y las palas (y comprando a la competencia para asegurarse de que nadie más tenga picos mejores que ella), mientras el resto se pelea por encontrar alguna pepita de oro en la mina.
La concentración de capital nos indica que la fase de experimentación ha terminado y que estamos en la fase de consolidación.
Las etapas que antes llevaban años ahora duran meses.
La regulación como filtro de calidad
El 2 de agosto entró en vigor el AI Act europeo. Muchos gurús de LinkedIn se llevaron las manos a la cabeza gritando que esto frenaría la innovación europea y nos dejaría a la cola del mundo. La realidad, como suele pasar, tiene matices es menos apocalíptica (pero eso no interesa en un post ¿verdad?).
La regulación ha llegado tarde, sí, y se cobra su peaje a los que ya han ganado cuota de mercado. Pero creo que aplica un filtro necesario. Las startups que no documentan procesos y que juegan con los datos de los usuarios sin control, ahora pueden tener problemas operativos y legales.
En cambio, quienes construimos con seriedad desde el principio, pensando en el cumplimiento normativo, la ética y la transparencia, tenemos ahora una ventaja competitiva y un escudo legal frente a los que no. Las grandes empresas quieren seguridad.
Conclusión: es la hora de trabajar
2025 cerró con la IA en su pico de influencia, pero también bajo el mayor escrutinio de su cortísima historia. Parece que la pura especulación está terminando. Pero el trabajo de transformar el tejido empresarial mundial, y arremangarse para ello, apenas acaba de empezar.
La cadena de valor está quedando más clara:
- Abajo: Infraestructuras como Nvidia. Los dueños de la energía, el silicio, los cables.
- En medio: OpenAI, DeepSeek, Google… Los gigantes poniendo los cimientos.
- Arriba: Aquí estamos los implementadores como The OMS, las consultoras y las empresas que utilizamos esas piezas para construir soluciones a medida que resuelven problemas específicos. Es aquí donde se genera valor real para el cliente final.
Si te sigues preguntando si la IA es una burbuja, la respuesta corta es: pregunta incorrecta. La respuesta larga es que es una herramienta de productividad inevitable e inigualable. Preguntarse si es una burbuja es como preguntarse en 1999 si internet era una burbuja: muchas empresas .com quebraron, pero internet se quedó, y todo cambió.
¿Quién ha ganado en este segundo semestre de 2025? Quienes dejamos de mirar los titulares asustaviejos sobre robots que nos quitan el trabajo, y nos pusimos a trabajar en la integración y la solución de problemas reales de las empresas.
Hay mucho por construir, y pocas manos expertas para hacerlo.
The OMS ya estamos con el casco puesto. ¿Y tú? Construyamos juntos.